miércoles, 11 de mayo de 2016

El futuro que no llega.


Se ha muerto el número dos de su Promoción de Medicina.
Se ha muerto el primer neurólogo en demostrar
que el efecto placebo es evidente en la enfermedad del Parkinson.
Se ha muerto un investigador incansable.

Se ha muerto el padre de cuatro hijos:
de un hombre pleno con Síndrome de Down,
de una licenciada en Psicología,
de un científico de la Universidad de Boston,
de una miembro de la sede de la O.M.S. en Ginebra.

Se ha muerto el esposo de la mujer con el humor más inteligente que hayáis entendido.

Se ha muerto el niño que iba a por piñas y tenía unos zapatos.
Se ha muerto el hijo del fotógrafo del pueblo que bailaba claqué y
de la mujer bondadosa que vio morir en la cocina de su casa cuando tenía nueve años.

Se ha muerto un emigrante de los años noventa en pro de la Ciencia.
Se ha muerto un madrileño de nacimiento, un segoviano de corazón, un coruñés por amor.

Se ha muerto la crítica.
Se ha muerto la humildad.
Se ha muerto la ironía.
Se ha muerto el progreso.
Se ha muerto la excelencia.

Se ha muerto todo lo que quise ser de pequeña
y no he conseguido ser.

Se ha muerto el único hermano de mi padre.

Se ha muerto mi querido tío Raúl
con cincuenta y seis años de cáncer de pleura
consciente de que lo hacía, luchando en silencio 
y sin deberle nada a Dios.



Gracias a ti por la vida.



jueves, 21 de abril de 2016

La libertad prescribe en la Historia.

Fuimos libres, mi vida, fuimos
inusurpablemente libres

y eso ya no nos lo puede quitar nadie,

ni siquiera la Historia
a la que todavía hoy libres nos resistimos a pasar 
besándonos mientras se derrumba el mundo
cualquier domingo en secreto.

lunes, 21 de marzo de 2016

Tienes que saber.


Odio tu puta manera de empezar por el final:
¿qué clase de persona te invade y luego te declara la guerra?

No necesitaba que me salvaras hasta que me hundiste.

Sigo esperando que me pidas perdón 
por el mero placer de que me necesites
porque no te perdono el desahucio a pesar del refugio

ni que me dejaras llorar mi propia muerte
completamente sola y
me obligaras a llevarme flores

al margen
                 de la vida que me diste     
                                                               
ni te perdono que me hicieras el amor sin tocarme
ni que te rieras en mis sueños
ni todo el daño sin quererme.
Pero te olvido, sinceramente.

No te di permiso para que me enamoraras.

El día que me presentaste a mí misma me caíste tan mal
que todavía sigo vomitando mariposas.


Nunca creí que pudiera ser tan feliz hasta que alguien creyó en mí
y no sabes 
cuánto me alegro
de que no fueras tú

porque la religión es un lastre.
Te he imaginado con Dorian sonando de fondo, 
pero, aun así, contigo
no iría a ninguna parte.


Eres la droga que más me ha costado dejar 
aunque nunca te haya tenido. 

La libertad de tu pelo no te hace más libre.

Te deseo lo mismo que sentí al leerte:

vaya, que te follen.


                                                Pero ojalá alguien te abrace.



     
                                


miércoles, 10 de febrero de 2016

Por eso.

Hay cosas que, con el tiempo, dejas de saber hacer
sin llorar
porque duele el deterioro,
el desamparo, la invalidez
el invierno, la pérdida
la luz
y supongo que, por eso, la gente mayor
lo hace tanto.

Recordar es la más evidente:
duele lo que fue pese a que fuera maravilloso
o acaso duela más precisamente
por eso:
porque a la felicidad no hay camino de vuelta.
Cualquier día de estos
te digo:

Frena, que en ésta nos matamos,

y salimos en los periódicos
muertas de risa.
                                                                             
Duele el tiempo porque se presenta
sin avisar,
se queda a dormir y no hay rastro de él
a la mañana siguiente,
ni portazo ni nota de despedida ni último polvo.

Dueles tú porque aquella tarde de octubre
estabas preciosa, me besaste y me dijiste
que me querías,
porque me haces soñar, reír y el amor.

Mi vida, por eso sé que antes de morirme
te veré pasar -una vez más- como una película
delante de mí
y lloraré cuando te termines;

porque,
                                                                                                                                           al final,
siempre
acabas mereciendo la pena y
yo, echándote de menos en todas partes.