martes, 7 de febrero de 2017

Amanece, que eres tú.


Cómo no voy a buscarte en mis horas
más oscuras, si eres la luz del final feliz
del túnel en que se convierte mi vida en tu ausencia,
la excepción que me hace la regla que confirma
que el resto sólo sabe negar la evidencia de
que te necesita, el día que te salva la vida
después de haber muerto, la noticia de última hora
que abre siempre el telediario, la palabra maestra
que cierra el silencio, la única que puede imaginarse
que estoy hablando de ella en primera persona
de otra
                           (por algo dijo Bécquer que poesía eres tú).

Ahora que te escribo, que vengo de mi orgullo
a admitirte el amor que no puedo hacerte, creo que
te conozco mejor que al principio, incluso sería capaz
de reconocerte en un campo de flores; y sin embargo,
dudo que vinieras a mi entierro porque nunca te han
gustado las fiestas que acaban a la mañana siguiente
como si no hubiera pasado absolutamente nada:
¿Dónde está el dolor cuando necesitamos saber si
seguimos vivos? La indolencia es una enfermedad
que duele cuando te has curado.

Aun así te deseo y que te llenen este vacío que siento;
pues es lo único que tengo a esta noche para dejarte en
herencia. Menos mal que a las seis de la mañana vas
a salvarme la vida. No lo sabes, pero hemos quedado,
como de costumbre,
                                                                           al final del

T                    Ú                  N                     E                   L.